A las tres de la tarde, Marina llegó al hospital con el regalo.
Al escuchar el suave golpeteo en la puerta, Leticia fue a abrir. Al ver a Marina, su sonrisa se desvaneció al instante.
—Ah, señora Zárate —dijo, esforzándose un poco por controlar su tono.
Marina, sorprendida al encontrarse con Leticia, saludó.—He venido a ver a Luna.
Leticia, en realidad, no quería que Marina tuviera un contacto cercano ni con Luna ni con Eduardo.
Luna, recostada en la cama, al ver a Marina, le dijo con suavidad: