Ante los gritos inesperados de Luna, Marina se quedó al instante sin palabras. Se acercó a la cama de Eduardo, inclinó la cabeza en señal de respeto y salió apresurada de la habitación.
Diego también se inclinó con rapidez y la siguió, sin mirar siquiera a Luna, que seguía maldiciéndola desde atrás.
Los gritos descontrolados de Luna seguían resonando en sus oídos, llenos de odio y dolor.
Cuando llegaron a la puerta, Marina miró a Matías, con una mirada cansada y triste.
—Matías, te dejo todo lo