La mano que descansaba sobre su abdomen era larga, estilizada, y poseía una delicadeza casi etérea. Sin embargo, Marina no podía evitar sentirse invadida por un miedo inexplicable y sobrecogedor.
—Está bien… ¿de qué hospital es el médico? —preguntó con un tono cauteloso, midiendo sus palabras.
—Es un médico extranjero. Llegará mañana a Marbesol.
Marina frunció ligeramente el ceño, visiblemente incómoda por la información.
—¿No podríamos contactar a un médico nacional?
—Jason es una eminencia en