En la serenidad de la noche, Marina descansaba profundamente.
Su rostro reflejaba la paz de un sueño reparador, con los rasgos relajados.
Diego permanecía de pie junto a su cama, contemplándola extasiado en silencio.
Con suma delicadeza, extendió la mano y la colocó sobre su abdomen, bajo las sábanas.
Dentro de ella, latía una nueva y hermosa vida: el hijo de aquel hombre, Diego.
En pocos meses, sería él mismo quien practicara la cesárea, trayendo al mundo a ese bebé con sus propias manos.
Despu