—Señor Diego, ¿me haría usted un favor? —preguntó Marina.
—Dime en que puedo ayudar.
Detrás de ella, la puerta estaba cerrada, y no había forma de retroceder.
Con una mirada decidida, levantó la vista y, con firmeza, habló.
—Cuando me rescataste de aquel lugar, ¿cuánto te costó? No puedo devolverte el favor en términos de una relación, pero sí puedo compensarte económicamente.
Al escucharla, Camilo soltó una risa baja, casi irónica.
—¿Crees que lo hice solo para esto?
—Entonces, ¿por qué decidis