Cuando sonó el despertador continuaban abrazados. En algún momento de la noche se habían tapado, pero Laura no era consciente de haberlo hecho. Quizá la había tapado Sergio, se dijo, y ese pensamiento la complació.
Se removió, perezosa.
—Buenos días, ¿qué tal estás?
—De maravilla. ¿Qué hora es?
—Las siete.
—Vaya, qué tarde.
Laura le dio un pequeño empujoncito para apartarlo e intentó levantarse, pero él la retuvo.
—No te levantes, hay tiempo para uno rápido —la carita de desolación de Sergio la