Estaba a punto de terminar el que era sólo el primer discurso del días y ya estaba sudando.
Pero no podía echarle la culpa a la multitud allí presente, a los focos ni al calor del verano. Si le ardía la sangre en las venas era por culpa de la mujer que tenía sentada a su lado en el escenario. Una joven que no había dejado de observarlo con atención durante todo el discurso.
El vestido recto de Ashley parecía estar resbalándose permanentemente sobre sus muslos, revelando unas rodillas que ella