Gozando cada instante

Vanessa hundió la cara en las sábanas. Sus dedos se crispaban en la tela.

Él tiró de sus caderas hacia atrás. Ella se dejó llevar. Sus rodillas se abrieron sobre el colchón sin necesidad de que se lo pediría.

El primer sonido que él emitió fue bajo, casi un tarareo. De aprobación o de diversión; ella no alcanzaba a distinguirlo.

—Estás empapada otra vez.

La mandíbula de ella se tensó. No respondió.

El pulgar de él se deslizó a través de su intimidad. Despacio. De abajo hacia arriba, abriéndola, presionando lo justo para que su espalda se arqueara sin su permiso.

—Mira eso —Su voz no había cambiado. Seguía plana, calmada—. Ni siquiera necesitas que te toque. Solo escuchas mi voz y tu cuerpo hace el resto.

Ella mordió la sábana.

—Eso es. —Su pulgar giró al rededor de su zona. Una vez. Dos veces—. Muerde algo. Cállate si quieres, no me importa. Pero vas a sentir cada maldito segundo de esto.

Le empujó un grueso dedo hacia adentro. Ella se atragantó, soltando un sonido que era mitad respiración y mitad algo que no sabía cómo nombrar. Su cuerpo se contrajo al rededor de él antes de que pudiera evitarlo.

—Sí. —Él lo hundió más profundo—. Ahí está.

Añadió un segundo dedo. Las caderas de ella dieron un respingo hacia delante. Él la mantuvo inmóvil con la mano apoyada en su nuca.

—No huyas.

—No estoy...

—Tu cuerpo sí lo hace. —Curvó los dedos dentro de ella—. Estás intentando escapar de esto. No lo hagas. Quédate ahí y recíbelo.

Ella dejó de moverse. Apoyó la frente contra el colchón. Él mantuvo los dedos en su interior, con movimientos lentos y deliberados, no follándola, sino explorando; presionando contra sus paredes, aprendiendo la forma de su anatomía desde dentro.

—Te vas a correr así —dijo él—. Boca abajo. En mi mano. Y vas a dejar que te mire.

Los muslos de ella empezaron a temblar.

Él sacó los dedos casi por completo. Hizo una pausa. Luego volvió a empujar hacia adentro, más profundo, más duro, hasta que los nudillos de ella se pusieron blancos sobre las sábanas.

—Dime que lo entiendes.

—Sí —la voz de ella se quebró.

—¿Sí qué?

—Sí... lo entiendo.

Sus dedos cobraron ritmo. No rápido, sino profundo. Cada empuje golpeaba ese punto exacto en su interior que hacía que todo su cuerpo se estremeciera. Ahora podía escucharse a sí misma: sonidos que no podía controlar, que no podía detener, que no podía ocultar.

—Eso es. —La mano en su nuca se apretó, solo un poco—. Déjame oírte. Quiero saber exactamente cuándo te quiebras.

Estaba cerca. Podía sentir la tensión acumulándose en la boca del estómago, extendiéndose por sus muslos, debilitándole los brazos.

—Por favor...

—¿Por favor qué?

—Por favor, déjame...

—No. —Él disminuyó la velocidad, lo justo para apartarla del borde—. Todavía no.

Ella emitió un sonido que denotaba frustración pura, desesperación.

—Te correrás cuando yo lo decida —sus dedos volvieron a moverse—. No antes.

La empujó al abismo diez minutos después. No con velocidad, sino con precisión. Tres dedos curvados de la manera exacta, su pulgar presionando contra su clítoris mientras su otra mano la sujetaba firmemente por los omóplatos.

Se corrió con la cara sepultada en las sábanas, con todo el cuerpo sacudiéndose, mientras de su garganta se desgarraba un sonido que ni ella misma reconoció.

Él permaneció dentro de ella durante todo el proceso, dejando que soportara el orgasmo contra su mano.

Cuando ella finalmente se quedó sin fuerzas, él se retiró despacio.

—Esa es la primera.

Ella tenía los ojos cerrados. No podía moverse.

Minutos después, yacía boca arriba, con las piernas abiertas por Sawyer, quien la observaba estremecerse mientras se venía.

Luego, él volvió a bajar la cabeza para lamer sus fluidos.

Una vez que se le pasó el efecto del éxtasis, ella se levantó de la cama.

Sawyer también se puso de pie, quitándose la camisa. Después la atrajo hacia sí, pegando el pecho de ella contra el suyo.

Inclinando la cabeza, estrelló sus labios contra los de ella, besándola con pasión.

En medio del beso, ella tanteó a ciegas el cinturón de él, logrando por fin desabrocharlo. La correa de cuero se deslizó al suelo con un golpe sordo justo cuando toda su resistencia terminaba de desmoronarse bajo los besos de él.

En el instante en que el beso terminó, ella no perdió el tiempo; se puso de cuclillas y liberó de los pantalones la polla de él, que ya estaba completamente dura.

—Joder, la tienes enorme —exclamó al ver su impresionante longitud, que remataba en una cabeza rosada en forma de champiñón y marcadas venas.

¿Acaso el cielo la estaba bendiciendo en su segunda vida?

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