Las palabras salieron de sus labios a medio formar, con la mirada clavada en el miembro que se erguía ante ella. La cabeza estaba teñida de un rosa oscuro, lubricada ya con una gota de líquido preseminal que colgaba de la hendidura como una perla. Las venas recorrían el tronco: gruesas, retorcidas, pulsando al ritmo de su corazón.
Toda la pieza superaba con creces los veinte centímetros, tal vez veintitrés, y era tan gruesa que los dedos de ella apenas se tocaban cuando la rodeó por la base.
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