—Por este bastardo, parece que harías cualquier cosa.
—Quizás no sea mala idea conservarlo —la risa de Enzo me puso la piel de gallina.
…
Lo seguí desde el camarote hasta la cubierta.
Al bajar del barco, insistió en agarrar mi mano, y no pude zafarme.
—Enzo.
Al escuchar la voz, miré y vi a un hombre con un traje morado acercándose.
Era muy pálido, pero tenía los labios rojos.
Con su cabello rubio rizado y sus ojos azules, parecía sacado de un cuento de hadas.
—Seno.
Enzo me lo presentó.
—¿Esta e