—No te lo pienses —dijo Enzo, inclinándose hacia mí—. Aunque logre llegar a esta isla, no podrá llevarte.
—Y no permitiré que se vean.
Tras esa afirmación, se volvió hacia Seno: —No importa lo que digas para engañarlo. Tú sabes que su presencia o ausencia no tiene relevancia.
—Olvídate de tus arreglos, yo tengo donde quedarme.
—No te preocupes por la comida, yo me encargaré de eso.
—En un par de días, me iré con ella.
Seno, sin entender del todo sus intenciones, simplemente respondió: —Como quie