Mateo me acarició la cabeza y dijo: —Me encargaré de todo. No te preocupes y mantén la calma.
—¡Delia!
Olaia gritó de repente, sobresaltándome.
Mateo, que normalmente era tan sereno, se alarmó al seguir la dirección del dedo de Olaia.
Nunca había visto esa expresión de desasosiego en su rostro.
En un instante, Mateo me alzó en brazos y sentí la humedad en las piernas mientras la sangre comenzaba a descender.
Agarré su brazo con fuerza: —El bebé…
—No te preocupes, todo estará bien.
Su voz era fir