La gasa estaba empapada, evidentemente había absorbido mucha agua.
¡Una herida tan grave y ni un mínimo cuidado!
La enfermera, con el rostro severo, estaba a punto de darle una advertencia, pero al ver el rostro suave y elegante de Enzo, sonrió con resignación: —Señor, debe cuidar esa herida con esmero. No puede volver a mojarla o podría infectarse y complicarse.
—Lo sé, gracias.
Enzo sonrió, pero de pronto recordó algo y preguntó casualmente: —Por cierto, al pasar por el segundo piso vi algunos