Antes de que pudiera terminar, mi abuela interrumpió: —Ya has crecido, ¿quieres ayudarme a mantener todo en pie, verdad?
Me mordí el labio: —Pero no he podido hacer nada. Ni siquiera sé cuándo recibiré el antídoto.
—¿Y a qué temes?
Mi abuela era mucho más optimista que yo y suspiró: —Desde hace tiempo echo mucho de menos a tu abuelo. Si no fuera por la familia Hernández, ya habría querido morir para estar con él.
—Es triste que tengas que cargar con este estropicio que es la familia Hernández. N