—¿No te has duchado ya...?
Detecté el doble sentido en las palabras de Mateo y, para hacerme la tonta, le dije: —Suéltame.
—No.
Mateo bajó la mirada, sonriendo con picardía, y pateó la puerta del baño para entrar.
Sus besos me dejaron sin aliento.
Al final, su juego me había hecho cansar tanto que apenas podía mantenerme en pie.
Decidió sostenerme por las piernas y levantarme a su altura.
Pensé que esta ducha sería como las anteriores, pero tras un solo encuentro, ya me tenía envuelta en una toa