Esa frase fue demasiado directa. A pesar de estar algo borracha, me sonrojé y me recosté en su hombro, susurrando:—Haré lo que tú digas.
—¿Harás lo que yo diga?
Mateo respondió, acariciando mi lóbulo con voz ronca: —Entonces lo quiero todo.
Apenas terminó de hablar, me empujó contra el sofá.
Mi respiración se hizo entrecortada y la atmósfera se volvió intensa.
Sus besos delicados caían sobre mí.
En poco tiempo, mi voz se convirtió en un susurro: —Mateo…
Cuando levantó la mirada, sus ojos marrone