—¿Ah, sí?
Marc tenía una respuesta mordaz en la punta de la lengua, pero al ver esos ojos fríos bajo sus pestañas temblorosas, algo dentro de él titubeó por un momento: —Ven conmigo.
—¿Qué?
Leila no alcanzó a reaccionar antes de ver cómo el hombre de porte imponente se alejaba con paso decidido.
Miró a Rodrigo, que aún la esperaba, con cierta duda: —Señor Romero...
—No, no escuchaste mal.
Rodrigo echó un vistazo en dirección a su jefe, suspirando con cierta ironía.
Compensar a su exesposa ya era