Sentí como si algo me apretara el corazón.
Tal como dijo Mateo, era algo inconsciente, no sabía de dónde provenía.
Al ver su tristeza, impulsivamente me puse de puntillas, levanté la mano para acariciarle la cabeza.
Pero justo a medio camino, volví en mí y me detuve, dejando mi mano en el aire, mientras sus ojos marrones me observaban. Le susurré para consolarlo: —Mateo, ella no te culparía.
Sus ojos brillaron por un instante, pero al ver que me detenía, su mirada volvió a ser indiferente: —Tú n