Mateo me miró con desdén y dijo: —¿Qué haces ahí parada? Vamos.
—Bien.
Mateo avanzaba a grandes zancadas, mientras yo, con el vestido restringiendo mis movimientos, me esforzaba por seguirle el ritmo.
Cuando estábamos a punto de salir del hotel, una mano me agarró con fuerza por la muñeca: —¡Delia!
Me detuve y miré a Marc, que tenía el rostro severo. Conteniéndome, pregunté con calma: —¿Qué pasa?
—¿Señor Romero, tienes algo que decir?
Mateo también se dio vuelta, arqueando una ceja con desdén.
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