Su coche, como su personalidad, era muy llamativo: un ostentoso Pagani.
Al llegar a la entrada del hotel, los ojos del botones se iluminaron, brillando como los de Olaia cuando vio mi tarjeta bancaria hoy.
Mateo, con cierto aire de caballerosidad, le entregó las llaves al botones y personalmente abrió la puerta del coche para mí. Pero como siempre, su lengua era afilada: —Despacio, que si te caes no pasa nada, pero el vestido es caro.
Reconocí el vestido como un modelo de alta costura de una mar