Mientras tomaba un yogur, escuché las últimas palabras de Olaia y casi me atraganto.
Recuperándome, terminé de comer y le di un golpecito en la mejilla: —¿No puedes ser un poco más firme?
—¡Ocho dígitos! Tú lo soportas, pero yo no.
Olaia parecía deslumbrada por la cantidad: —En realidad, si es por dinero... ceder un poco tampoco es tan malo. Total, Ania es la mujer de su padre, seguro que no ha pasado nada entre ellos.
—Mejor que te olvides de esa idea.
Mientras me preparaba para salir, le solté