No me sorprendió en lo más mínimo, ni siquiera sentí la más mínima conmoción.
Donde quiera que esté Marc, ella actúa como un perro que ve la carne. Podría hacer todo para obtenerlo.
El rostro de Marc se ensombreció un poco y le con frialdad:
—Ya no tengo sed.
—¿Cómo que ya no tienes sed? Hace rato Delia iba a darte de beber...
La de Ania se frunció, llena de confusión, y luego se dijo a sí misma:
—Ah, claro, ella no te conoce tan bien como yo, sin saber cuándo quieres hacerlo.
Dicho esto, colocó