José frunció el ceño, con una ira contenida en sus ojos: —Si no la hubiera acompañado y algo le pasa a Olaia, lo haría pedazos.
Delia conocía a José: siempre distante, de pocas palabras y directo al grano, resolviendo problemas con rapidez y precisión.
Que se hubiera hecho amigo de Santiago, un chico tan ingenuo, le había parecido una gran sorpresa, tanto a ella como a Olaia.
Ahora, sin embargo, sentía que no había tanta diferencia entre ellos.
—¿No deberías, José, tratar de entender primero lo