Olaia sabía exactamente por qué esto estaba sucediendo.
Porque él era el único responsable de la situación.
—Solo dime qué necesitas para calmarte —dijo José.
Olaia esbozó una sonrisa ligera. En su rostro, tan bello, no había ni un atisbo de verdadera alegría.
—¿Por qué vienes a provocarme? Tienes a tu alma gemela, tan comprensiva y atenta, ¿no? —respondió con tono mordaz.
Aunque José no era tonto, no entendió por qué de repente la conversación había tomado un giro tan inesperado hacia Paula.
—C