Solté una risita y le di un ligero golpe en el brazo: —Si digo me gusta...
—Mejor no pronuncies esas palabras —Mateo frunció el ceño, claramente incómodo.
Me tiré en la cama, riendo sin control.
Mateo rodeó la cama, sin darme tiempo a reaccionar, y me calló la risa con un beso intenso.
Me besaba con tanta pasión que intenté apartarme, pero no lograba moverlo ni un poco.
El sonido del beso me resultó casi insoportable.
¡Mi hija estaba justo allí!
—Mateo...
Mi voz salió quebrada, pero no conseguí