José ni siquiera prestó atención a lo que ella había dicho antes, y lo que siguió tampoco fue claro para él.
Alcanzó a oír vagamente un murmullo.
Sujeto su mano, que no dejaba de moverse, y al hablar de nuevo, su voz ya sonaba ronca, teñida de deseo.
— Si pudieras hablar con más calma, no tendría que actuar así.
Ah, ¿y ahora la culpa era de ella?
Olaia, con malicia, mordió suavemente su nuez de Adán.
José apretó con más fuerza la mano que tenía sobre su cintura, y el dolor hizo que ella soltara