A José le dolía intensamente la cabeza. Aunque había pensado que, tras recibir el suero, estaría mejor, ahora sentía cómo el enojo le había disparado la presión arterial.
Incluso su visión comenzaba a tornarse borrosa.
Intentó articular alguna palabra más, pero Olaia ya había soltado su mano con brusquedad.
Él intentó retenerla de nuevo, pero solo encontró el vacío.
De repente, todo se volvió negro y, sin previo aviso, se desplomó de forma aparatosa.
Olaia reaccionó por puro instinto, alcanzándo