Mateo, con extrema suavidad, secó mis lágrimas, me levantó y tomó al bebé en brazos.
—Te dejo llorar un par de minutos, más de eso te va a hacer daño a los ojos.
Extendí mis brazos y lo abracé, frotando mi rostro contra su hombro: —Ya no lloro.
Mateo me acarició la espalda y susurró suavemente cerca de mi oído: —Ayuda a mamá a levantarse.
Solté su abrazo y me giré hacia mi madre. Al agacharme, la vi volcando la copa.
El vino se derramó y formó una línea húmeda sobre el suelo.
Mi madre abrió la b