La respiración de Rosalind aún era un susurro tembloroso cuando levantó el rostro y encontró los ojos verdes de su esposo. Él seguía observándola como si fuera la encarnación de cada deseo y cada salvación que había conocido en su vida.
Rosalind sintió que algo cálido se expandía en su pecho, un pulso lento, profundo… el eco de lo que acababa de compartir con él.
Pero no quería que él solo la viera como la mujer que recibía su pasión.
Quería darle también.
Quería adorarlo.
Quería ha