Vidal quedó tieso durante un instante, con el pulso todavía acelerado por el sobresalto. La figura femenina había surgido a su espalda como una aparición silenciosa que lo tomó completamente desprevenido.
Lo inquietante no era solo su presencia repentina, sino la certeza de que había escuchado parte de la conversación telefónica. No sabía desde cuándo Alaska había entrado en la oficina ni qué tanto había alcanzado a oír, y esa incertidumbre le oprimió el pecho con una leve pero persistente ansiedad.
Sin embargo, decidió no adelantarse a los hechos; tenía que medirla, observarla, probar su reacción antes de cometer algún desliz que pudiera empeorar la situación.
—Ámbar... —pronunció finalmente Vidal.
Seguía atrapado en aquella dinámica confusa que él mismo había alimentado. Alaska vestía de la misma manera, se movía con la misma delicadeza y modulaba la voz con la misma suavidad que Ámbar. Incluso su actitud, esa dulzura y serenidad, imitaba con demasiada precisión a la mujer en la que