66. Un Adiós
Darina
Después de despedir a mi padre, y verificar que nuestro hijo estuviera en perfecto estado de salud, fuimos directo con Florence, quién descansaba en una de las habitaciones de sanación.
—¡Vaya! Ustedes si que son una excelente pareja —se burla apenas —se ven horribles.
así
—Pues tú no cantas mal las rancheras —ambas sonreímos sin mucha gracia.
—Sigues igual de agropecuaria, sin ofender —se ríe con dificultad.
—Solo porque estás en una cama no te respondo como se debe —eleva su mano