La emoción invadió por completo la habitación del hospital.
La madre de Isabella no podía dejar de llorar.
Durante más de dos meses había permanecido junto a la cama de su hija, aferrándose a la esperanza de volver a verla abrir los ojos. Ahora, ese milagro finalmente se había hecho realidad.
Se acercó con cuidado y acarició su rostro.
—Gracias a Dios despertaste, hija. Pensé que iba a perderte para siempre.
Isabella la miró con ternura, aunque todavía se sentía desorientada.
—Mamá... ¿qué pas