La mañana avanzaba lenta, y aunque Gabriel intentaba mostrar calma, Valeria podía sentir en el ambiente una tensión que no entendía del todo. Caminaban por la ciudad como si fueran dos personas comunes, pero cada vez que alguien los miraba con curiosidad, ella sentía un pinchazo en el pecho. Era imposible ignorar esas miradas que la desnudaban sin permiso, como si todo el mundo supiera algo sobre ella que ni siquiera ella misma podía controlar.
En una esquina, un hombre mayor los observó con de