La lluvia no cesó en toda la noche. Gabriel no pegó un ojo, caminaba de un lado a otro en la sala, con las fotos sobre la mesa como prueba irrefutable de que Alexandre estaba dispuesto a todo. El zumbido constante de su celular lo mantenía alerta; mensajes sin remitente, llamadas perdidas, números ocultos. La guerra psicológica había comenzado.
Al amanecer, tomó una decisión. Se vistió de manera sobria, guardó las fotografías en un portafolio y salió de casa sin dar demasiadas explicaciones.
—¿A