El beso en la plaza aún ardía en los labios de Valeria. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el peso que llevaba en los hombros se hacía más ligero. Pero apenas abrió los ojos, la realidad volvió a golpearla: la gente los observaba, algunos con curiosidad, otros con desprecio.
Gabriel no se inmutó. Con calma, la abrazó frente a todos, como si no hubiera nada que esconder.
—Que miren lo que quieran —le susurró al oído—. Yo no me avergüenzo de ti. Nunca lo haré.
Valeria tragó saliva. Una p