El reloj marcaba las ocho de la noche cuando el silencio del departamento se hizo más insoportable que nunca. Valeria estaba sentada en el sofá, abrazando sus rodillas, mientras Gabriel la observaba desde la cocina, preparando un café que ni siquiera sabía si ella iba a tomar.
La traición de Mónica aún le ardía como una herida abierta. Las imágenes volvían a su mente: el nombre de Alexandre en la pantalla del celular de su amiga, el tono extraño en sus palabras, la insistencia en hacerla dudar