El pasillo se extendía ante Valeria como un túnel sin fin, y la oscuridad, densa y palpable, parecía tragarse la luz de su lámpara. El aire era pesado, impregnado de humedad y un extraño frío que le calaba los huesos. Cada paso que daba resonaba en el silencio absoluto, como si la mansión misma estuviera conteniendo la respiración.
A medida que avanzaba, la luz tenue que provenía de la habitación al final del pasillo comenzó a intensificarse. La puerta, de madera gruesa y antigua, estaba cerrad