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La tormenta había pasado, pero el aire seguía helado cuando el convoy de Alexandre entró a San Elías del Norte.

El pueblo parecía dormido: farolas parpadeantes, calles empedradas y un silencio demasiado profundo para su gusto.

Alexandre bajó del auto, el abrigo oscuro ondeando con el viento. Sus ojos recorrieron las fachadas viejas, los techos de madera húmeda, las chimeneas humeantes.

Un lugar perfecto para esconderse.

—Divídanse —ordenó sin levantar la voz—. Quiero cada casa, cada hostal, cad
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