Meses después, la familia finalmente pudo respirar con cierta tranquilidad. La casa-refugio se había convertido en un hogar seguro, lleno de amor y cuidado. Valeria y Gabriel vigilaban constantemente, pero el temor había dado paso a la esperanza y a la rutina de una vida protegida.
El niño crecía feliz, sin conocer completamente la amenaza que alguna vez había acechado su infancia. Las gemelas, ahora adolescentes fuertes y decididas, se habían convertido en guardianas y confidentes de su herman