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El amanecer se alzaba entre los restos calcinados del bosque.

Las ramas, ennegrecidas, humeaban todavía.

Los portadores Vorlak habían pasado toda la noche controlando incendios y recogiendo los fragmentos de energía que Ciel había desatado.

Pero en medio del desastre, una calma sobrenatural se había extendido.

Dentro de la fortaleza, Ciel yacía en la cámara de energía, envuelta en un campo protector trazado por Leonardo.

Su respiración era pausada, su cuerpo inmóvil.

Solo su corazón, latiendo c
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