Valeria salió a la calle sin mirar atrás. La noche la recibió con un viento helado que le cortó la respiración, pero no se detuvo. Caminó sin rumbo, con las lágrimas mezclándose con la lluvia fina que empezaba a caer. Cada paso era un intento de escapar de las voces, de los recuerdos, del peso de dos hombres que habían marcado su vida de formas tan opuestas como dolorosas.
El sonido de un motor la hizo girar. Era el auto de Gabriel, que se detuvo a unos metros. Bajó del vehículo empapado, sin p