María entró a la oficina sin molestarse en cerrar la puerta detrás de ella. Con una sonrisa coqueta, caminó con paso firme hacia Alejandro, quien la observaba con expresión neutral.
—Hola, ¿cómo estás? —dijo ella con voz dulce antes de inclinarse y darle un beso en los labios sin previo aviso.
Alejandro no correspondió el gesto, pero tampoco la apartó de inmediato.
—Tiempo sin verte, Alejandro —añadió ella, sin soltarlo.
Él la miró con una leve sonrisa.
—Lo mismo digo. Te ves hermosa, María.
—G