La brisa fresca del atardecer recorría el cementerio como un susurro tenue, levantando pequeñas hojas secas que se arremolinaban entre las lápidas. El cielo se había tornado grisáceo, cubierto por nubes bajas que amenazaban con lluvia, como si el propio cielo compartiera el luto. A lo lejos, entre los cipreses oscuros y las estatuas desgastadas por el tiempo, un hombre vestido completamente de negro observaba en silencio.
Tenía el rostro parcialmente cubierto por una gorra y unas gafas oscuras