La mansión Villarreal volvió a quedar sumida en un profundo silencio.
A pesar de haber regresado, Miranda no encontraba paz.
Cada rincón de la casa le recordaba a Thiago.
Su habitación seguía exactamente igual: los juguetes ordenados, los cuentos sobre la mesa de noche y la pequeña cama que ahora permanecía vacía.
Al entrar, sintió un nudo en la garganta.
Tomó entre sus manos el oso de peluche favorito del niño y lo abrazó con fuerza.
Las lágrimas volvieron a aparecer.
—¿Dónde estás, mi amor? —