Luego se endereza y camina hasta su camioneta, abre la puerta para mí y me ayuda a subir, después cierra y camina al otro lado, para subir, cuando lo hace está sacando su teléfono del interior de uno de sus bolsillos, revisa la pantalla y frunce un poco el ceño
– Disculpa – dice mirándome antes de contestar – ¿Qué pasa Zero? – Pregunta en cuanto responde y mi cuerpo se tensa ante la mención del gemelo malvado de mi amor platónico – no, estoy en el café – hace una pausa y suspira – está bien, ¿p