—No hace falta —murmuró, pero se dejó caer en la orilla de la cama, se dejó tocar la espalda, se dejó apretar la nuca con los dedos de ella, se dejó cuidar.
La miró de reojo, distinto, con una culpa que se hacía bola en el pecho, no solo por lo que ya le había hecho antes, sino por lo que sabía qu