La tos le cortaba el aire cada vez más fuerte y aun así seguía intentando apartarme, como si su orgullo fuera lo único que le quedara.
Tenía que fingir, verme “buena”, hacer que Martín me mirara distinto, así que me incliné hacia ella, bajé la voz.
—Deja el orgullo a un lado… —murmuré—, ¿no ves que