Al pisar el último escalón, empujé a la mujer al suelo.
Cayó de bruces, llorando, sujetándose la cabeza.
Me quedé de pie frente a todos.
Allí estaban.
Los empleados que habían visto a mi hermana como un estropajo.
Los que se creían con derecho a insultarla.
Los que obedecían a Rebeca como si fuera u