Horas más tarde la casa suena distinta, cubiertos chocando en la cocina, risas sueltas, pasos, puertas, la vida de siempre maquillando el desastre de la mañana…
Bajo las escaleras sin hacer ruido y camino hasta el ala donde está la oficina de Martín, la puerta está entreabierta.
Adentro está esa mocosa.
Agachada, pasando el trapeador, la falda corta pegada a las piernas, la blusa ajustada, el escote apenas disimulado, el pelo recogido en una coleta alta, era bonita, imposible negarlo…
Me quedo parada en el marco.
—¿Qué haces en la oficina de mi marido? —suelto.
Ella ni se inmuta, ni siquiera se gira del todo.
—Limpiando —responde seca—, ahora salga, acabo de trapear.
Ese tono me prende la rabia, así que avanzo igual y piso a propósito la parte que brillaba más.
Entro y la observo de arriba abajo sin disimular, me tomo mi tiempo, la mirada lenta y descarada, dejo que lo sienta, que note que la estoy midiendo…
—¿Qué hace? —dice incómoda—, le dije que no entre.
Doy o