(Narrador omnisciente)
María Aparecida se queda frente a la tumba de Victorio, con los ojos fijos en las piedras que cubren el cadáver, pero no derrama siquiera una lágrima. Sus manos, que podrían temblar, se mantienen firmes. Luego de algunos minutos suelta un hondo suspiro y se dirige hacia sus frascos de hierbas. De inca de rodillas, revuelve entre sus cosas y saca unas ropas.
—¡Cámbiense! ¡Quítense esos trapos mojados y pónganse algo seco! —Su voz es firme, pero su mirada revela un océan